Cuando veo a mis correligionarias alienadas en el brete de buscar con quién aparearse, llorando patéticas en los desiertos del desamor, el corazón se me hace un nudo de pena y vergüenza ajena y agradezco no tener que arrastrarme como una lagarta en la cacería de chorbos por los caminos del cansancio y el desencanto. Castigada por el espectáculo triste que ofrecen grandes valores de mi generación, me repliego a meditar sobre la fortuna de haber sufrido tanto como para amar sólo lo que el viento de la Historia me puso al lado: la misteriosa, sorprendente e inesperda realidad.
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