Nosotros estábamos en el sur,
al borde del río,
estirábamos la mano
y saludábamos a Uruguay.
Hasta podíamos parecer uruguayos,
por la lentitud profunda y la queja amarga,
a diferencia del atropello liviano y altanero
del porteño alegre.
También nos hermanaba el rencor,
desde su costa hacia nosotros
y desde la nuestra
también a nosotros.
La verdad es que
si estirábamos la mano
podíamos saludar a Uruguay,
pero no lo hacíamos.
Procurábamos no mirar al río,
para olvidar el río
y su podredumbre
de fiambre hundido.
En la medida de lo que nos era posible
nos esforzábamos en cultivar
la falta de olfato
por una fuerte e inexplicable pulsión vital.
En todo caso,
para parecer uruguayos
nos faltaba la educación,
la dicción y el tú.
También aquel arte cartográfico
espontáneo
que los transeúntes orientales ejercitan
con el forastero.
Fue cuando cruzamos en barco
y viajamos desde Montevideo hasta las playas de Rocha,
que conocimos la habilidad de los uruguayos
para dibujar mapas, líneas y fronteras.
Ilustrados y anticuados ciudadanos
orgullosos de pelo blanco,
miradazul y espalda cargada,
siempre listos para la guía y la coquetería.
Pasean por la costa,
en la calma de la siesta,
dotados de un bloc, un lápiz
y un peine en el bolsillo.
Nos trataban
con una amabilidad tan campechana
que en un principio
nos descolocó bastante.
Desde chicos, habíamos sido adiestrados
para vivir en sintonía con la desconfianza
y la insidia que rebotan, como bolas flipadas,
por las diagonales de La Plata.
Después nos acostumbramos
a esa amabilidad,
porque al amor uno siempre se acostumbra,
aunque sea falso.
Ahora, desde hace unos años,
lejos del continente austral, en la base del viejo
mundo,
uruguayos y argentinos nos encontramos unidos
en la misma extranjería;
Aquí descubrimos que el amor de los argentinos a los
uruguayos
es un amor no correspondido, prácticamente inverso
a la máscara de cortesía
que reservan exclusivamente para los turistas.
Como reservan los bares
los baños a sus clientes,
así como un amor de baño
es el amor de los uruguayos[1].