lunes, 30 de enero de 2012

Amor de buquebús. Miradas a Oriente




Nosotros estábamos en el sur,
al borde del río,
estirábamos la mano
y saludábamos a Uruguay.

Hasta podíamos parecer uruguayos,
por la lentitud profunda y la queja amarga,
a diferencia del atropello liviano y altanero
del porteño alegre.

También nos hermanaba el rencor,
desde su costa hacia nosotros
y desde la nuestra
también a nosotros.

La verdad es que
si estirábamos la mano
podíamos saludar a Uruguay,
pero no lo hacíamos.

Procurábamos no mirar al río,
para olvidar el río
y su podredumbre
de fiambre hundido.

En la medida de lo que nos era posible
nos esforzábamos en cultivar
la falta de olfato
por una fuerte e inexplicable pulsión vital.

En todo caso,
para parecer uruguayos
nos faltaba la educación,
la dicción y el tú.

También aquel arte cartográfico
espontáneo
que los transeúntes orientales ejercitan
con el forastero.

Fue cuando cruzamos en barco
y viajamos desde Montevideo hasta las playas de Rocha,
que conocimos la habilidad de los uruguayos
para dibujar mapas, líneas y fronteras.

Ilustrados y anticuados ciudadanos
orgullosos de pelo blanco,  
miradazul y espalda cargada,
siempre listos para la guía y la coquetería.

Pasean por la costa,
en la calma de la siesta,
dotados de un bloc, un lápiz
y un peine en el bolsillo.

Nos trataban
con una amabilidad tan campechana
que en un principio
nos descolocó bastante.

Desde chicos, habíamos sido adiestrados
para vivir en sintonía con la desconfianza
y la insidia que rebotan, como bolas flipadas,
por las diagonales de La Plata.

Después nos acostumbramos
a esa amabilidad,
porque al amor uno siempre se acostumbra,
aunque sea falso.

Ahora, desde hace unos años,
lejos del continente austral, en la base del viejo mundo,
uruguayos y argentinos nos encontramos unidos
en la misma extranjería;

Aquí descubrimos que el amor de los argentinos a los uruguayos
es un amor no correspondido, prácticamente inverso
a la máscara de cortesía
que reservan exclusivamente para los turistas.

Como reservan los bares
los baños a sus clientes,
así como un amor de baño
es el amor de los uruguayos[1]


[1]Queridos y elegantes vecinos, sirva esta digresión para decirles a viva voz y de todo corazón: viva la revolución sin fronteras, viva la internacional, muerte a todos los nacionalismos. Hágase extensivo este grito a todos los pueblos del mundo. Pásalo.





domingo, 15 de enero de 2012

El rosa no era rosa

Se relajaba en si misma hasta lograr sentir la incomodidad, un hábito normal que día a día había ido creciendo en minutos hasta tener el tamaño de casi un día libre. Se le hacía difícil identificar el origen de la parálisis con que enfocaba todas sus iniciativas. De repente se había dado cuenta que en lo único que se esforzaba era en llevar la hipocondría hasta el extremo de sus fuerzas y de la incomprensión de su círculo. Reconoció que se sentía harta desde no sabía cuándo, pero también sabía que la determinación es un acto, no un pensamiento. Así, acurrucada y con la luz de la ventana rozándole la frente, se volvió a dormir. 
En la calle se escuchaban gritos que la acompañaban hasta la zona mórbida de sus deseos, donde el dominio del absurdo no afectaba el desarrollo de las cosas. Le costó entender que su nombre provenía de afuera del sueño. Era una voz conocida, aunque no alcanzaba a distinguirla, y pensó que podía pasar sin abrir los ojos, anular la curiosidad y no alterar la paz de la angustia. 
De una patada tiraron la puerta abajo, eran tres mujeres vestidas de rosa, una le pedía ayuda, mientras sostenía a la otra que se estaba desangrando por la oreja. La tercera le apuntaba con un revolver, era Ada, la vecina. Con los ojos despiertos resultó que el rosa no era rosa, era una primera impresión de la carne, la ropa interior rota y los lamparones de sangre. 
Ada dijo que había sido un juego, los hombres se habían ido. No podemos llamar a la policía, le susurró. Y entonces a quién, ya habían logrado que estuviese enfadada. Gasas, le pidió con el revolver, trae una toalla, una sábana, algo para parar la hemorragia. Y actuó al instante, era justo lo que estaba necesitando, una orden. Y quizás, con suerte, en la próxima la dejaran jugar y ganar.