Estábamos tirados a la sombra, descansando en la Ciutadella, junto con otra gente dispersa, sin molestarnos, cuando vimos aparecer un pibe con rastas y unas clavas en la mochila, que se abrazó al árbol y le dijo ¿cómo estás? estuvo un rato así, con la cabeza apoyada en el tronco, escuchando y charlando, después lo saludó y se fue corriendo. La verdad es que el árbol era un bicho precioso, en total conté once personas que disfrutamos de su sombra en las cuatro horas que pasamos leyendo, durmiendo la siesta, escuchando radio con auriculares, almorzando y haciéndonos coquillas con un palito, pero la copa era tan amplia que no llegué a escuchar ninguna conversación más que la del guachín con la bella bestia verde que nos protegía de calor de Agosto. Al rato sentimos que venía una mina de tatuajes y pelo corto platinado cantando y hablando de la vida a los gritos con cuatro perros, pasaron rápido así que no llegaron las confidencias, además los perros iban a su bola y sin demasiada alaraca pasaban de ella por lo que la aparición fue como un rayo rubio que vimos correr loco entre los árboles. Y otro que anduvo por la zona fue un dulce imberbe recitando “caminante son tus huellas como estelas en la mar” que cuando me vio levantar la cabeza del libro se calló avergonzado y escondió la cara tras la correa de la mochila. Está visto en carne propia: la naturaleza pone, amigos.
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