domingo, 15 de enero de 2012

El rosa no era rosa

Se relajaba en si misma hasta lograr sentir la incomodidad, un hábito normal que día a día había ido creciendo en minutos hasta tener el tamaño de casi un día libre. Se le hacía difícil identificar el origen de la parálisis con que enfocaba todas sus iniciativas. De repente se había dado cuenta que en lo único que se esforzaba era en llevar la hipocondría hasta el extremo de sus fuerzas y de la incomprensión de su círculo. Reconoció que se sentía harta desde no sabía cuándo, pero también sabía que la determinación es un acto, no un pensamiento. Así, acurrucada y con la luz de la ventana rozándole la frente, se volvió a dormir. 
En la calle se escuchaban gritos que la acompañaban hasta la zona mórbida de sus deseos, donde el dominio del absurdo no afectaba el desarrollo de las cosas. Le costó entender que su nombre provenía de afuera del sueño. Era una voz conocida, aunque no alcanzaba a distinguirla, y pensó que podía pasar sin abrir los ojos, anular la curiosidad y no alterar la paz de la angustia. 
De una patada tiraron la puerta abajo, eran tres mujeres vestidas de rosa, una le pedía ayuda, mientras sostenía a la otra que se estaba desangrando por la oreja. La tercera le apuntaba con un revolver, era Ada, la vecina. Con los ojos despiertos resultó que el rosa no era rosa, era una primera impresión de la carne, la ropa interior rota y los lamparones de sangre. 
Ada dijo que había sido un juego, los hombres se habían ido. No podemos llamar a la policía, le susurró. Y entonces a quién, ya habían logrado que estuviese enfadada. Gasas, le pidió con el revolver, trae una toalla, una sábana, algo para parar la hemorragia. Y actuó al instante, era justo lo que estaba necesitando, una orden. Y quizás, con suerte, en la próxima la dejaran jugar y ganar. 

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